Las Nieves

Esta imagen corresponde al Carnaval de Barranquilla a finales de la década de los años cincuenta en una calle del popular barrio de “Las Nieves”, al sur de la ciudad. Se destaca en primer plano a algunos vecinos de esta localidad, ambos vestidos con atuendos típicos de esta festividad popular: uno de ellos, con pantalones bombachos y, el otro, con el imponente disfraz del torito. La calle evoca a la “Arenosa”, nombre dado a la ciudad a principios del siglo XX. Se destacan además, las casas con techos de teja, y de humildes fachadas exteriores; y en el fondo muchos cocoteros que animaban con sus brisas la cotidianidad del barrio.
Fuente: Álbum familiar de la Señora Gladys Lugo Hernández, antigua vecina del sector.
Cedida por Alexander Vega Lugo, perteneciente a su álbum familiar.

El pueblo en esta faena graciosa pone la cara, la plata, y el guayabo para variar. ¡Carnaval  es carnaval, y lo demás, son vainas.
Por ALFREDO DE LA ESPRIELLA

El Carnaval barranquillero es una de las fiestas más antiguas y populares del folclor costeño. De las más típicas, honestas, sanas y graciosas. No existe una fecha determinada cual justifique que tal año se iniciaran los festejos con pompa; pero, sí, por referencias orales se cuenta y sabe que, ya a mediados del siglo XIX el pueblo de la vieja “Arenosa” se divertía con mojigangas, guachernas, salones burreros, vara santa, asaltos, rondas de cumbiambas durante los tres días pre-cuaresmales.

Como Barranquilla es, relativamente una ciudad joven, apenas tiene un siglo de haber sido elevada a la categoría de capital de Departamento, nuestro pretérito carnavalero se ajusta a memorias muy recientes, tanto de las festividades populares como los saraos de alcurnia cuando la clase alta, adinerada, en sus clubes privados asimilaba este mensaje simpático y se fue solidarizando con el correr del tiempo con estas expresiones valiosas y cultas de nuestra perseverancia folclórica.

El Carnaval de Barranquilla, es, pues, eso. Y, constituye también en estos últimos tiempos cuando a Colombia se le ha salido el país de las manos, la pulcritud de antaño, el sosiego de entonces, la seguridad y la convivencia, un motivo para superar con creces, la angustia que vive el país en ascuas, ofreciendo a nuestros compatriotas esta ganga, a manera de terapia nacional, muchísimo más efectiva que esas constantes y eventuales procesiones y marchas pacifistas, cuando en la Costa Atlántica la concertación del Carnaval es la más amplia y expresiva declaración de concordia que merece Colombia.

Al pensar en Carnaval tenemos que, pensar como es obvio, en máscaras, disfraces, capuchones —no, en “bluyines”, ni camisetas de promoción, maicena, aguas turbias y otros líquidos “non sanctos”— Eso no es carnaval. Sino plebedad. Mediocridad. Ajena, por completo, a la verdadera pulcritud de nuestra idiosincrasia.
Al pensar en Carnaval tenemos que justificar quedarnos en la ciudad como guardianes de nuestra tradición para compartir, disfrutar, estimular con nuestra presencia los actos rituales de la temporada. Y, declarar como reos ausentes por su irresponsabilidad a los que se van a protagonizar otra juerga en playas lejanas, más cercanas a su egoísmo.

Al pensar en Carnaval, debemos acreditar que el nuestro, el barranquillero, es de nosotros. Un legado de nuestros antepasados. Una herencia que debemos multiplicar, honrando y respetando las costumbres ancestrales, dándole relieve a todos aquellos actos verdaderamente carnavaleros y no atrofiándolos con pantomimas extrañas a la naturaleza misma de nuestra cultura democrática.

Y, pensemos también que, debemos dar gracias infinitas al pueblo raso de Barranquilla, cual, con una espontaneidad increíble, honradez acrisolada, fe extraordinaria, voluntad a toda prueba, capacidad y sentido del humor, peculiar de su anímica naturaleza, con paciencia inaudita tiene que soportar a veces indiferencias que no se justifican, cuando, sin su presencia masiva en las Danzas, Cumbiambas, Guachernas y demás mojigangas, si no fuera por esa conciencia inquebrantable que tiene el pueblo barranquillero en su legado, el Carnaval no tuviera ni la fama ni el prestigio, ni la presencia siquiera humana de una fiesta vernácula derrochando esplendor, ingenio y picardía, sin que le cueste un centavo al erario público. Calcular y comparar lo que le cuesta al país, cualquier justificada marcha pro-paz; o estimular unas elecciones.

Al pensar en Carnaval, concéntrese en conservar el buen humor todo el tiempo que sea necesario para sacarle partido al ridículo de las circunstancias.

No dejarse contagiar por extravagancias ajenas, defendiéndolo de repelencias y abusos de confianza, en particular, en la lectura e improvisaciones de décimas y letanías que no corresponden a la fina ironía de la demopedia nativa e ingenio de nuestra sabiduría autóctona.

Al pensar en Carnaval propongámonos también darle valor a nuestra música vernácula, honrando las joyas de nuestro pentagrama, las obras de tantos compositores, artistas y orquestas que han sabido con su inspiración dejarnos el legado de aires típicos fraguados en ritmos fantásticos cuales son: el porro, la cumbia, el mapalé, la puya, el chandé, la gaita, el merecumbé.

Pensar en carnaval es recuperar la tradición asimismo, de ciertas ingenuas costumbres galantes como las serpentinas, los confettis, los perfumes, las flores, más, los típicos carros de mula adornados con sus palmas de coco y demás mojigaterías; los coches disfrazados también con monerías, incluyendo el caballo, como la mula y los borricos ataviados. Los asaltos a las casas de familia, los salcochos, raspacanillas, comedias, disfraces a cuales más originales, sin ostentaciones ni exageradas inversiones, sencillamente carnavalescos. En fin, cuanto exige la mascarada, la extroversión natural, el sentido humorístico y la filosofía mundana del carnaval que es paradoja de la vida y disyuntiva de la suerte.

Pensar en Carnaval, es, pues, pensar seriamente en Barranquilla, donde gracias a su carácter y policromía el Carnaval le da a Colombia una respuesta excepcional de cultura y un ejemplo de compatibilidad que, de paso no le cuesta un centavo al erario, porque no invierte un denario en seguridad, tropa ni orden público. Porque el desorden de la fiesta, si así puede calificarse la muchedumbre enardecida por la risa y el mensaje de la música que le pone compás a la manifestación, es la más amplia demostración pacifista que se pueda gozar. Donde, además, el pueblo es el que pone la cara, la parranda, la plata y el guayabo, para variar.

Gracias a esos apóstoles de la risa, más que bufones de la ironía por ser intérpretes genuinos, no de una simple fantasía, sino de una realidad que se convierte en mensaje por lo que exalta como en ninguna otra manifestación mundana tanto el apotegma de nuestro mensaje folclórico.

Tal es la filosofía de nuestro carnaval barranquillero. Pachanguero, si se quiere, pero, siempre, repetimos también dentro de un ambiente de camaradería sin ofensas, ni tiraderas contra autoridades; y, si acaso, uno que otro desplantoso cree que se está haciendo el chistoso con semejante barrabasada, no encuentra la aceptación, ni mucho menos el aplauso o la risotada de quienes presencian el abuso que comete con sus desplantes.

Así, también, las comparsas de los centros sociales, donde se lucen las galas de bellísimas coreografías, propias de aquellos escenarios lujosos donde se realizan bailes sensacionales evocando disfraces mundiales y figuras decorativas de otros carnavales universales, todo con buen gusto, elegancia y tanto señorío cuanto sabe llevar a cabo un espectáculo digno de la imaginación y la experiencia de artistas consagrados a su profesión.

Y, llega el martes, último día de la farra, con el entierro de “Joselito” y la comparsa de sus viudas. Sainete que rebosa de picardía con el cual, en el viejo carnaval de “La Arenosa” se cerraba en las horas de la tarde con la concentración de “La Conquista” la temporada carnavalera hasta el año entrante.

A las cinco de la madrugada del miércoles de ceniza, en la misa de los penitentes, van desfilando algunos badulaques que van a confesar los siete pecados genitales que cometieron durante toda la temporada. Con su cabeza empolvá todavía, el rostro lívido, mientras el sacerdote les coloca en la frente el símbolo de la reconciliación repitiendo las palabras al penitente ¡Acuérdate hombre, que polvo eres y en polvo te has de convertir!... El muy polvo también, dándose golpes de pecho, murmura entre dientes... ¡Por mi pea culpa!... ¡Por mi pea culpa!... Por mi peaísima culpa!

En fin, ¡Carnaval es carnaval y lo demás son vainas!

                                                         info@carnavaldebarranquilla.com