Carnaval ejemplar

El Heraldo

Después de 96 horas contínuas de disfraces, bailes y canciones, durante las cuales orquestas y equipos de sonido molieron porros, guarachas, vallenatos, salsas y merengues, el Miércoles de Ceniza la ciudad amaneció tan tranquila como si nada hubiera ocurrido. La gente madrugó para continuar el trabajo rutinario, invadida por el cansancio y bajo el imperio del “guayabo”, pero satisfecha de haber disfrutado plenamente la tradicional y cada vez más animada festividad.

El paso súbito del estruendo al silencio fue impresionante. Así sucede cuando los pueblos viven hasta el delirio su presente, que es lo que cuenta a la hora de los balances. Lo cierto es que esas concentraciones multitudinarias que acompañaron a todos y cada uno de los actos de la frenética y pacífica temporada que acaba de concluir, obligan a aceptar que hay Carnaval para muchos años. A Dios gracias, para toda Colombia.

Ha sido un trabajo constante y bien orientado el que se ha impuesto la Fundación Carnaval de Barranquilla que preside Roberto de Castro, esta vez con el encanto y la gracia de la linda Reina Claudia Guzman Certain y destinado a revestir de organización y categoría un espectáculo vernáculo que cada año se supera, conforme pudieron comprobarlo hasta los más apáticos. Evidentemente sin la pompa y majestuosidad adinerada de las comparsas de Rio de Janeiro, pero con el mismo entusiasmo y sin alucinógenos que ponen en peligro la salud de quienes los inhalan y consumen viciosamente.

Aparte del aspecto folclórico, fue un hecho real la reducción de la violencia. Las estadísticas bajaron significativamente, conforme lo declaró emocionado el Comandante de la Policía Atlántico, Brigadier General Héctor Darío Castro Cabrera, al destacar “el espíritu de cordialidad que existió en todos los barrios y la disciplina mostrada por los barranquilleros en los espectáculos de asistencia masiva”.

La presencia del Presidente Andrés Pastrana Arango y de la Primera Dama Nohora Puyana de Pastrana, acompañados de varios Ministros, Embajadores, dirigentes políticos y otros funcionarios del alto Gobierno, no sólo fue un buen augurio sino la confirmación plena de que Barranquilla es y seguirá siendo por excelencia el escenario de paz de los colombianos. Es el sentido ejemplar que tiene esta tradición de las visitas presidenciales a la Batalla de Flores desde los tiempos del Frente Nacional.

Gozó el Jefe del Estado con el buen humor y sobrado ingenio de aquellos que saben sacarle partido a todos los sucesos del acontecer nacional, los mismos que hacen de los episodios de la vida real una oportunidad de gracejo, inclusive incluyéndolo a él y a su afán viajero como motivo del humor más ingenioso y cordial, sin el veneno característico de algunos talentos del interior.

No hubo en esta ocasión muestras de inconformidad por los resultados de los concursos. Todos los participantes coincidieron en afirmar que los jurados encargados de calificar las comparsas, los disfraces individuales, las orquestas, danzas y letanías procedieron con absoluta imparcialidad reconociendo los méritos a cada uno como actores principales de un certamen que todos se esmeran por engrandecer y animar incomparablemente.

Barranquilla respondió con éxito a su bien ganado prestigio. No sólo se sobró en alegría, sino que dio un nuevo ejemplo de convivencia pacífica en un país que desde hace tiempo perdió su rumbo, inmerso en una violencia desenfrenada que requiere de estas muestras sociales para sepultar los odios y rescatar la convivencia civilizada. Repetimos por tanto nuestra reflexión periodística en el sentido de que a Colombia le hacen falta muchos Carnavales como el de Barranquilla y de la Costa Atlántica. Para alcanzar algún día la tan anhelada y esquiva paz nacional.
                                                        

 

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